El NIÑO Y LA SOMBRA MALDITA DEL PANTEÓN DEL PUEBLO

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El NIÑO Y LA SOMBRA MALDITA DEL PANTEÓN DEL PUEBLO

 

 

Perdida en la memoria del tiempo permanece una historia que aterroriza a los habitantes de un pueblo de Yucatán, cada vez que se acerca el Día de Muertos:

 

Cuentan los ancianos que, en la época de la Colonia, llegó al pueblo un grupo de monjas para establecer un convento de la orden de las Carmelitas Descalzas. Entre ellas había una joven muy hermosa que provenía de una familia acaudalada originaria de Castilla, España. Ella llevaba por nombre Isabel Asunción Cardeña del Paso.

 

El joven Isidro Pérez Buendía, al ver a la monja de belleza sin igual, quedó enamorado y, cada vez que podía, hacía lo posible por hablar con ella.

 

Un día, la monja fue acusada de haber quedado embarazada del diablo y condenada a la hoguera, teniendo cerca de ocho meses y medio de gestación. Todos en la plaza del pueblo veían cómo las llamas consumían los cuerpos de la joven monja y del hijo que llevaba en el vientre. Dicen que el fuego formaba figuras infernales, mientras se escuchaban súplicas y alaridos de dolor de la joven.

 

Pasado un día después de la muerte de la monja, sus restos calcinados fueron depositados en un mausoleo que tenía inscripciones en hebreo, latín y arameo, que eran conjuros para que los demonios que, según, la habían poseído se mantuvieran presos en ese lugar.

 

Hay quienes dicen también que nunca fue poseída por tales demonios, que todo había sido parte de una conspiración en su contra por parte del padre Juan Manuel Gorostiza, quien la había violado y embarazado.

 

Con el paso de los meses, todo parecía volver a la normalidad en el pueblo, hasta que cierta noche, en las puertas del panteón, dos transeúntes vieron a un niño sentado. Extrañados, se acercaron para ver si el pequeño estaba perdido. Cuando estuvieron a unos centímetros de él, el pequeño corrió a toda velocidad, escondiéndose entre las tumbas como jugando. Cuando estuvo cerca del mausoleo con las inscripciones de conjuros contra demonios, se detuvo y se sentó a esperar que se acercaran los dos desconocidos. Uno de ellos le preguntó si estaba perdido, cuando, de repente, entre la oscuridad se dejó ver un ser malévolo de aspecto demoníaco que saltó sobre uno de ellos y, de un golpe mortal, le desgarró el vientre, dejando expuestas las entrañas con sangre que enseguida eran devoradas por esa sombra maligna y el niño. Ante aquel espectáculo terrorífico, por un momento permaneció inmóvil por el pavor que sentía. Como pudo, aquel extraño salió a toda prisa llorando, gritando, pidiendo auxilio. Del infortunado solo hallaron parte de su cráneo y algunas ropas.

 

Al día siguiente, por órdenes del padre de la Iglesia, se montó una guardia con unos frailes que rezaban algo que no cualquier persona podía comprender. Para infortunio del pueblo, los frailes corrieron la misma suerte que el extraño que había seguido al niño. A ellos siguieron otras personas que iban desapareciendo sin explicación. La misma suerte corrieron las demás monjas y el padre Juan Manuel.

 

Un buen tiempo se dejó de ver al niño y a la sombra maligna.

 

En el año 2002, unos fuereños procedentes del Bajío llegaron al pueblo. Siempre se la pasaban en la cantina más concurrida haciendo alarde, presumían de ser sicarios que habían venido a Yucatán a ultimar a un político. Encontrándose ebrios a más no poder, sacaban sus pistolas y disparaban a las botellas que ponía en exhibición el encargado de la cantina.

 

Una tarde, unos vecinos corrieron a casa de don Julio Cocom para darle una noticia que hasta el día de hoy tiene conmocionados a los habitantes del pueblo:

 

Su esposa y su hija, de tan solo ocho años, habían sido encontradas sin vida en el panteón, con signos de haber sido violadas. Quienes las encontraron dicen que había un niño llorando junto a los cuerpos sin vida.

 

Tal noticia impactó emocional y psicológicamente a don Julio, quien lloró desconsolado por muchos días.

 

Estando en la cantina, escuchó a los fuereños alardear de que ellos habían violado y asesinado a su esposa e hija. Pensando en cobrar venganza, se lanzó a golpear a los fuereños. Como se encontraba muy ebrio, lo golpearon hasta que perdió el sentido. Acto seguido, los fuereños lo subieron a su camioneta, esperaron a que llegara la noche para llevar a Julio al panteón y ultimarlo. Estaba en el suelo don Julio cuando escuchó las carcajadas de los pistoleros. Abrió los ojos y vio a un niño corriendo entre las tumbas, riéndose. Uno de los fuereños lo correteaba, cuando, de la oscuridad, Julio vio saltar una sombra de morfología humana, con brazos como de bestia, garras que en un instante habían destrozado a los dos fuereños. El espectáculo horrendo que había presenciado le costaba trabajo procesarlo. Tenía los ojos casi desorbitados cuando lo encontraron al siguiente día, bañado en sangre, con rastros de haber participado en un festín satánico con la sombra maligna y el niño.

 

Peritajes forenses determinaron que don Julio participó en un acto caníbal. Fue llevado a una institución para personas con problemas mentales, lugar del que se fugó para regresar por explicaciones al panteón del pueblo.

 

Nunca volvieron a saber de don Julio. Los que han visto al niño y han salido con vida para contarlo, dicen que, aparte de la sombra maldita, se ve la silueta de un hombre llorando dentro del mausoleo de las inscripciones donde sepultaron una vez a una monja que pactó con Satanás, mientras las llamas de la hoguera la consumían con su hijo que nació en el infierno.

 

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