La Leyenda del Pacto con la Muerte

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La Leyenda del Pacto con la Muerte

Manuel Pacheco Herrera era un joven que había abandonado los estudios para dedicarse a la vagancia, al alcoholismo y a la drogadicción. Se le veía enrolado con una banda de jóvenes que habitaban una casa abandonada junto al cementerio. Todo comenzó cuando perdió a su padre, don Chencho Pacheco, como era conocido en el pueblo. Su madre se juntó con Teodosio Canché, un hombre asiduo al alcohol que los maltrataba. A pesar de que amaba a su madre, decidió no regresar por el odio que sentía hacia su padrastro.

 

El tiempo, la discriminación, el hambre y la indiferencia de la gente lo fueron volviendo un ser despiadado, acostumbrado a cometer crímenes sin sentir remordimientos.

 

Un día asaltó e hirió de muerte a una señora por quitarle el dinero de su mandado. La policía lo correteó y entró a la casa que tenía habitada con sus compañeros de crímenes. Al ver que las posibilidades de que lo agarraran eran bastantes, brincó la barda del cementerio, importándole poco que eran altas horas de la noche. Corrió entre las tumbas con el único fin de esconderse de sus perseguidores.

 

La oscuridad no permitía ver dónde pisaba y, sin darse cuenta, una bóveda se rompió y cayó dentro de ella. Las cabillas de la tapa le perforaron tan profundo los pulmones que no podía respirar… Él sabía que su fin estaba próximo. De sus ojos se escaparon unas lágrimas mientras pensaba en mamá; sus ojos húmedos por las lágrimas se cerraron, al mismo tiempo que escuchaba a los policías que iban a toda carrera sin percatarse de lo sucedido a Manuel.

 

En el último intento por respirar, en el último débil latido, escuchó una voz tenebrosa. Enseguida sintió que alguien lo abrazaba por la espalda y le decía: “No temas, Manuel, todo estará bien a partir de hoy, siempre y cuando cumplas tu parte”. Cuando Manuel abrió los ojos vio una figura femenina vestida de negro con un velo que le cubría el rostro. Nuevamente la voz tenebrosa le dijo: “Puedes tener vida eterna si me ofrendas cada una que tú cortes. Solo recuerda alejarte de los vicios, porque así lo requiere el pacto, o de lo contrario tu muerte te la causará eso que más te guste… Tendrás todas las cosas materiales que deseas, nadie podrá hacerte daño… solo tienes que cumplir con la ofrenda que te pido… Recuerda, Manuel… nadie puede escapar de mí…”.

 

Momentos después, el ser femenino vestido de negro levantó el velo y se pudo ver un rostro tétrico, descarnado, que expedía un pútrido hedor a muerte. Manuel aceptó los términos del pacto y recibió un soplo del pútrido aliento de ese ser de ultratumba.

 

Amaneció y despertó Manuel pensando en lo ocurrido. Sus secuaces fueron liberados por la policía en los días subsecuentes. Al paso de unos meses, tras varios asesinatos, Manuel fue adquiriendo todas las cosas materiales que nunca había tenido, de acuerdo al pacto que hizo en el cementerio.

 

Una noche, un par de ancianos caminaba rumbo a la plaza cuando se cruzaron con Manuel. De repente, en la cabeza de Manuel retumbó la misma voz del ser de ultratumba con quien había pactado y le dijo: “Manuel, el sacrificio que harás hoy para honrar nuestro pacto definirá tu inmortalidad”. Sin pensárselo, Manuel se dirigió a los ancianos; de forma inclemente, sin remordimiento, acuchilló al anciano con dos certeros golpes en el corazón. La ancianita, con miedo y llanto en los ojos, reconoció a su hijo Manuel. Cuando él la miró a los ojos, simplemente no pudo cumplir la parte final del pacto. La ancianita lo abrazó y en ese momento murió en brazos de Manuel de un infarto. La voz del tétrico ser femenino le dijo: “Recuerda, Manuel, nadie escapa de mí”. Manuel corrió despavorido, sintiendo verdadero terror. En su cabeza escuchaba con frecuencia: “Recuerda, Manuel, nadie escapa de mí”.

 

Manuel se volvió un indigente que deambulaba por el pueblo arrepentido de todo el mal que había causado a sus víctimas. Lo único que poseía era su botella de aguardiente y sus apestosos harapos que hacían que las personas se alejaran de él.

 

Una noche, bastante ebrio, cansado de caminar, el destino lo llevó a las puertas del cementerio donde una vez estuvo a punto de morir. La lluvia de invierno le hizo entrar en busca de refugio. Cerca de una tumba abandonada había una botella nueva de aguardiente. Cuando Manuel la miró se sintió el hombre más afortunado del mundo. Caminó hacia ella, estando a unos milímetros, el brazo de una sombra maligna jaló a Manuel hacia adentro mientras se escuchaba la tétrica voz femenina de ultratumba.

 

Cuenta la gente que al día siguiente se encontró en una tumba olvidada una botella antigua rodeada de un charco de sangre… y desde entonces, cuando se acercan el Día de Muertos, la botella aparece en una tumba olvidada y se puede escuchar un tétrico alarido de dolor al unísono con una voz maligna que dice: “Nadie puede escapar de mí”.

 

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