LA NIÑA EN EL ESPEJO

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La niña en el espejo

Un atardecer de un día cualquiera, en tiempos en que la Guerra de Castas bañaba de sangre inocente la península de Yucatán, un grupo de militares se acercaba a paso lento hasta la hacienda Multunkú, al oriente de la entrada a la ciudad de Mérida, Yucatán.

 

Los soldados traían consigo a veinte prisioneros: dos hombres de edad avanzada, doce niñas y seis mujeres, cuyo único delito era ser mayas y cuyo destino sería ser vendidos como esclavos en la isla de Cuba.

 

Llegando a unos metros de la casa principal de la hacienda, José Amado Bolio Patrón, capitán y comandante del Décimo Octavo Batallón de Caballería, dio la orden de detener la marcha frente a los arcos que adornaban la entrada de la casa principal, propiedad de su primo Pedro Antonio Bolio Pérez, quien lo recibió afectuosamente mientras los soldados llevaban a los prisioneros a encerrar en una bodega.

 

Las doce niñas fueron llevadas a un lugar contiguo a la casa principal que tenía una puerta secreta, cubierta por un gran espejo colindante al estudio de Pedro Antonio, que servía para ocultar la entrada junto a un estante de libros.

 

Las niñas fueron mancilladas durante seis meses, golpeadas y sujetas a tratos indignos. Una por una fueron desapareciendo, quedando como única sobreviviente Cipriana Tut.

 

Esta casi niña, que vio morir a sus padres y familiares a manos de los soldados, ante tanto sufrimiento y crueldad vivida en tan poco tiempo, permaneció en cautiverio en una habitación totalmente cerrada. Allí se le manifestaron dos seres sobrenaturales.

 

Uno era una mujer vestida de luto que le prometió que, si aceptaba ir con ella, podría estar con sus seres queridos, solo que a cambio tendría que entregarle su alma.

 

El otro ser tenía una voz como el alarido del dolor de miles de almas condenadas. Su forma era cambiante, pero se dejaba ver con la forma de un ser que fue adorado por muchas civilizaciones como un Dios del Inframundo. Su apariencia era la de un hombre alto y bello, que cuando lograba que sus víctimas lo miraran a los ojos, cambiaba a un macho cabrío erguido que mostraba poder por encima de otros seres oscuros. Era la suma de toda la maldad. Algunos dicen que era el mismo Kakasbal cazando almas.

 

Cipriana, con el alma rota por la maldad de los soldados, se dejó convencer por el ser maligno. Lo que ella no sabía era que para culminar el pacto su sangre tenía que ser derramada.

 

Ese día, Cipriana fue llevada al centro de los patios de la hacienda. Fue desnudada, golpeada nuevamente hasta quedar casi inconsciente. Uno de los soldados, con una bayoneta, le sacó los ojos, lo que provocó su último suspiro. Su cuerpo fue tirado cerca de unas milpas abandonadas.

 

Sin embargo, ella regresó de la muerte para cazar almas, según el pacto que hizo con la suma de toda la maldad. Desde aquel día se le veía caminando en las brechas oscuras y solitarias, en espera de caminantes a quienes engañaba mostrándose como una mujer de extrema belleza, con una túnica blanca casi transparente, la cual la luz de la luna hacía que se vieran con claridad sus atributos para despertar los bajos instintos de sus víctimas masculinas.

 

Dicen que a las mujeres y a los religiosos se les aparecía como una niña llorando, lo que les hacía pensar que estaba perdida, lejos de su casa, sin imaginar que en un instante sus almas serían esclavizadas y enviadas a donde habita la suma de toda la maldad.

 

Algunas personas que lograron escapar de su venganza dicen que lograron ver cerca de ella a una dama vestida de luto y, entre los arbustos, unos ojos grandes y rojos, que al contrastar con la luz de la luna se veía un ser parecido a un perro, como si se tratara del guardián del infierno.

 

Tras el paso del tiempo y con muchas personas perdidas en las brechas de la península de Yucatán, surgieron varios religiosos que acudieron al lugar donde decían que habían dejado el cuerpo de Cipriana. Sin embargo, los exorcistas solo lograron enfurecer a la suma de toda la maldad. Dicen que fue una bruja caribeña quien atrapó el alma de Cipriana en un espejo.

 

Por eso, hasta en los días actuales, cada que llega el Día de Muertos y las personas miran en un espejo de las doce de la noche a las tres de la mañana, pueden ver reflejada la figura de una niña con aspecto cadavérico, como queriendo escapar. Dicen que también se ven los reflejos de otros dos seres parados tras de ella: una mujer elegante vestida de luto y Kakasbal en forma de hombre.ñ

 

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